La mosca

La mosca revoleteó sobre la boca abierta del hombre dormido, pero no entró. Se le posó sobre el labio inferior, y notando la fuerza de su respiración se dio cuenta que podía penetrar con tranquilidad. Miró hacia adentro, hacia la íntima profundidad de la garganta, pero a los pocos segundos dio un pequeño salto y se colocó en el otro extremo para apreciar mejor los detalles del interior. La luz amortiguada de la ventana alumbraba parcialmente el flanco derecho, y los destellos lumínicos penetraban con cierta generosidad por el acceso a la caverna.
Sus ojos compuestos distinguieron con claridad el incisivo central, más adentro dos de los caninos inferiores y el segundo premolar. Atrás, en el fondo oscuro pudo percibir el confuso contorno de los molares y la úvula, que se bamboleaba a cada impulso de respiración; le pareció ver a ambos lados unas protuberancias que podían ser las amígdalas, pero no estaba segura, sabía poco de la anatomía humana. Levantó un poco la cabeza y se quedó pensativa. Sintió miedo de entrar. Tal vez era joven y carecía de la audacia y la seguridad que apadrinan la experiencia y el paso de los años. Desde afuera el paisaje le parecía sombrío. Recordó que cuando niña en las reuniones de la familia los más viejos contaban historias de cuando habían penetrado en las bocas abiertas de humanos habladores de tontería, pero una cosa era aquel recuerdo etéreo de un pasado sin determinación de lo ocurrido y otra la negra realidad que le retaba. Revoleteó de nuevo por el lugar, y al poco tiempo aterrizó haciendo una acrobacia, esta vez se paró en uno de los bigotes. Miró a los lados, y al ver que no había peligro empezó a lamer y a chupar con profusión entre los pelos. Sintió el sabor del sudor humano y lo disfrutó, pero al ver que la mano del hombre se dirigió inconscientemente para rascarse levantó el vuelo con agilidad. Planeo sobre la cabeza, y sin alejarse mucho, apenas notó que la mano se había retirado regresó para posarse otra vez frente a la boca abierta. -Entrar o no entrar, he ahí el dilema- pensó recordando una frase de Shakespeare que le había oído citar a su abuelo. Realmente quería hacerlo, nunca antes había entrado en una y quería aprovechar la oportunidad. Cada día en el mundo hay menos tontos con la boca abierta. La masificación de objetos electrónicos y los medios de comunicación lentamente acabaron con los gestos de sorpresa. Además el olor de restos de comida le atraía de una manera incontrolable. En aquel estado de indecisión permaneció por varios segundos. La corriente de aire de un suspiro profundo que provenía de la boca le azotó el rostro y casi le hace caer, pero se mantuvo con un movimiento firme de las alas. Cuando el hombre regresó al ritmo normal de respiración, asomó la cabeza dentro de la oscura cavidad bucal. A pesar de las tinieblas, gracias a la luz mitigada que se colaba por el lateral, los molares se veían brillantes a esa corta distancia, también pudo distinguir la mayor parte de la plataforma rosada de la lengua y los dos orificios del cielo de la boca; se les quedó observando, y calculó que en caso de una emergencia podría salir por ellos. Le asustó un movimiento violento hacia atrás de la lengua pero pudo constatar que había sido casual porque no se repitió. La atracción ya no le dejó pensar más, y segura de su habilidad mosquil para escapar entró en la provocadora boca abierta. Caminó con cautela por las encías confiando que con las plantas de sus patas acolchadas y pegajosas podría pasar desapercibida. Ya adentro el esplendor de la noche bucal le entusiasmó. El rojo oscuro del ambiente, la jugosidad salival y la media penumbra en la que brillaban los dientes atractivos le hicieron sonreír emocionada, y como una loca empezó a chupar por todas partes. En un descanso, repentinamente miró el orificio tenebroso de la faringe de donde provenía un fuerte olor de comida. Se hizo una idea de la distancia que podría haber entre ese lugar y la entrada de la boca, y sin pensarlo dos veces levantó vuelo y se sumergió feliz aleteando hacia aquel oscuro paraíso desconocido. Pero apenas atravesó el promontorio de la glotis, el hombre se despertó repentinamente, y a la vez que estiraba los brazos para desperezarse, cerró la boca y tragó profundo con toda naturalidad.
Otrova Gomas.

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