Los sueños (2)

Imagine un mundo en que la gente vive sólo un día. O el ritmo de los latidos del corazón y de la respiración se acelera hasta que una vida entera se comprime en una revolución de la Tierra sobre su eje, o bien la rotación de la Tierra se hace tan lenta que una vuelta completa ocupa toda una vida humana. En ambos casos, un hombre o una mujer sólo pueden ver una salida de sol, un ocaso. En este mundo, nadie vive lo suficiente para contemplar el cambio de las estaciones. Una persona que ha nacido en Diciembre en Europa nunca verá el jacinto, el lirio, el áster, el ciclamen, el edelweiss; ni cómo se vuelven rojas y doradas las hojas de los arces, ni oirá el canto del grillo o el ruiseñor. El que nace en Diciembre vive en el frío. De la misma manera, una persona que nace en Julio no sentirá jamás un copo de nieve en la mejilla, no verá el espejo de un lago helado, no oirá el crujido de las botas sobre la nieve. Quien nace en Julio vive en el calor. En este mundo en que una vida humana sólo abarca un día, la gente acecha al tiempo como los gatos tratan de oír un sonido en el desván. Porque no hay tiempo para perder. El nacimiento, la escuela los amores, el matrimonio, la profesión, la ancianidad deben acomodarse en un solo trayecto del sol, una modulación de la luz. Cuando se encuentra en la calle, se llevan la mano al sombrero y siguen su camino deprisa. Cuando llega la vejez, ya sea de día o en la oscuridad, descubren que no conocen a nadie. No ha habido tiempo. Albert Einstein

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