Remedio para melancolicos

Un hombre esperaba en la calle sombría. Camila contuvo el aliento. El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañendo suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne. -Un trovador -dijo en voz alta Camila. El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho. -¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? -preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo. -Un amigo me envió a ayudarte. El hombre rozó las cuerdas del laúd, que canturrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuelto en aquella luz de plata. -Eso no puede ser -dijo Camila-. Me dijeron que la luna me curaría. -Y lo hará, doncella. -¿Qué canciones canta usted? -Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, doncella? -Si lo sabe... -Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más... El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono. -Depresiones, arrebatos -prosiguió el hombre-. Sueños... -¡Basta! -exclamó Camila, fascinada-. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora! -Lo haré -el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente-. Tu mal se llama Camila Wilkes. -Qué extraño -Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas-. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón. -Lo siento, sí. -Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano. -Sí. Me queman los dedos. -Y ahora, el viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro! -No dejaré que te mueras -dijo el hombre en voz baja. -¿Es usted doctor, entonces? -No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y común, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal. La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud. -Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con qué cubrirme. -Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí! -Pero, señor... -Para sacarte el frío de la noche, claro está. -Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted? La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa. -Bueno, Bosco, por supuesto -dijo. -¡No es ése el nombre de un santo? -Dentro de una hora me llamarás así, sin duda -acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camila, llorando de alegría, reconoció al barrendero. -Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido! -El remedio -dijo el hombre-. Y el remedio es este... En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna... . .

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